Hay amistades que parecen tener su propio subtítulo. Una mirada basta para recordar una broma; una escena provoca la misma risa. La ciencia no puede resumir una amistad en un escáner, pero sí puede formular preguntas interesantes sobre esas coincidencias.

En un estudio publicado en 2018, investigadores reconstruyeron la red de amistades de 279 estudiantes de posgrado. Después, 42 participantes vieron la misma selección de videos mientras se registraba su actividad cerebral mediante resonancia magnética funcional.

Los materiales incluían distintos temas y géneros. La pregunta no era quién sabía más ni quién tenía mejor gusto, sino cuánto se parecían las respuestas de unas personas a las de otras.

Una asociación, no una receta

El equipo encontró una asociación: los amigos presentaban respuestas neuronales más similares entre sí que las personas más alejadas en aquella red social. Esa semejanza disminuía al aumentar la distancia entre participantes dentro de la red.

El resultado tiene un límite fundamental. No demuestra si nos hacemos amigos porque ya percibimos el mundo de manera parecida, si las experiencias compartidas nos vuelven más similares o si intervienen ambas cosas. Tampoco convierte una muestra concreta en una regla universal para todas las amistades.

Lo interesante no es imaginar una máquina que elija por nosotros a nuestros amigos. Es detenerse en una posibilidad cotidiana: conectar con alguien quizá también tenga que ver con aquello que llama nuestra atención.

La próxima vez que ambos se rían justo en el mismo momento, pueden disfrutar la coincidencia. No hace falta convertirla en una prueba.

La historia detrás de la historia

Sobre la fotografía

Mhdmzml / Wikimedia Commons · CC BY-SA 4.0. Foto ilustrativa; no muestra participantes del estudio. Presentación recortada. Ver fotografía original · Ver licencia. La fotografía no fue generada con IA. El recorte visual conserva la licencia de la imagen original.

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